TRÉS PÉTALOS, VEINTIDÓS CRISTALES Y UN LABERINTO

Cierro los ojos y los sentidos se agudizan hacia la percepción del entorno.

Escucho la fragilidad que me rodea. Los pasos son seguros e inciertos al mismo movimiento.  Adentro mío siento el laberinto. 

Imagino que hay más allá, como se ve, como salir. 

¿Cómo llegué hasta acá?

La agilidad del movimiento es una clave para este terreno.

Pablo Ciccarelli nos invita a adentrarnos en una visión traslúcida, en la cual el juego es la clave para resolver esta encrucijada laberíntica, resolver el misterio que nos prepara esta obra.  Mediante el uso de cristales y sogas de algodón, podremos crear nuestro propio camino, admirando desde una perspectiva que reposa en la pausa y la quietud de un espectador que descansa en una delicada silla. 

Un laberinto es un refugio .

Pero este refugio ya no es necesario. Hoy se convierte en paisaje. 

El paisaje es admirado con amor, se repite una y otra vez como aquel camino transitado sin distinción temporal. 

La revelación del hacer me vuelve liviano, he aprendido de la fuerza de mis manos desde tiempos muy remotos y hasta casi sin saberlo. 

Voy a inventarme mis propios caminos.  El mapa está adentro. 

Confiar es la clave que me llevará del agua al bosque.